El día que metí la pata

Yo andaba por ahí bien apurada terminando de dejar una casa lista para alquilar cuando ¡sazzzz! me caí bajando un escalón, escuché un crack y eso fue todo para mí. Me revolqué, lloré y maldije sin pudor alguno. Vinieron corriendo a buscar al bulto que estaba tirado en el piso en posición fetal agarrándose el pie. El dolor fue tan fuerte, que pensé que me había roto el pie. Y yo no tomo leche porque no me gusta, y la leche tiene mucho calcio…y ¡obviamente me rompí el hueso por no tomar leche! mi abuelita Maritza tenía razónnnnnnn…y seguí llorando.

Quiero decir que yo amo mi trabajo, adoro ser anfitriona y arreglar espacios. Que se vean limpios, ordenados y bellos. No me considero decoradora de interiores, pero tampoco me considero chef y bueno ustedes saben…

Yo sabía que ya con el dolor y la lesión que fuese a tener no podría terminar la casa que estaba arreglando. Yo tenía un plan, el de poner las flores en cada habitación, un sachet escondido en cada cama y unos chocolates en las almohadas.

Dejé todo tirado y mi marido me llevó a Urgencias. Un esguince, dijo el ortopeda. Un esguince de segundo grado, recalcó. Recordé que soy un poco hipocondríaca cuando me escuché decir con los ojos iluminados como el gatito de Shrek: “dóctor, y…y…me va a poner yeso?, “y…puedo escoger el color doctor?, porque a mi me gustan los yesos celestes”. Entonces hice a la enfermera darse la vuelta y cambiarme el morado que tenía en la mano por el celeste. Me sentía extrañamente complacida de que me pusieran un yeso. Luego brava porque no iba a poder terminar la casa y  a mi yo-perfeccionista casi le da un faracho, luego mi yo-perfeccionista-en-rehabilitación se calmó y me puse contenta que podría ver una maratón de mis series favoritas esa tarde.

En la tarde, cuando estaba viendo series trabajando en la computadora desde mi cama, me llama alguien y me dice que a veces Diosito manda estos accidentes para que uno baje las revoluciones y bueno pues, descanse. Secretamente, mi pequeña hipocondríaca se siente complacida de que alguien entienda la enfermedad tan terrible por la que estoy pasando.

La casa la termina otra persona y hace un excelente trabajo. Los clientes se van felices y a mí me pasean por el hotel en mi silla de ruedas; que aunque no era necesaria como dijo el doctor, las voces en mi cabeza me dicen lo contrario.

 

 

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