Mi descubrimiento sobre la muerte

Hace poco se cumplió el sexto aniversario de la muerte de mi abuelita. La mamá de mi mamá. Ella era cubana. Cocinaba delicioso. Casi que fue quien me crió.

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Tita Yoli y yo en mi fiesta de compromiso de bodas 

Con ella fue mi primer encuentro con la muerte y la enfermedad. Nunca antes había vivido nada igual. Fueron años de un cáncer de mamas que luego se convirtió en metástasis hasta que murió en un suspiro. Así es que lo cuenta su enfermera. Fue como un suspiro. Mi mamá dice que la enfermera le dijo que vió una luz blanca encima de ella cuando respiró por última vez. Eso fue lo que ella dijo.

Yo no estaba ahí cuando murió, pero apenas pasó, me llamaron y fui. No sabía exactamente con qué me iba a encontrar. Estaban unas señoras rezándole y yo me acerqué a mi tita Yoli y le lloré encima.

Al rato, acabaron los rezos y me acosté a su lado. Ella fría y con cara de que ya no tenía sufrimiento. Yo la sentía, ella estaba por ahí. Su algo al menos. Le quité sus prendas, las guardé y quedé acostada junto a ella, maravillándome de cómo un cuerpo puede estar caliente, vivo y en otro momento cómo puede perder la energía. Es como una máquina. Dejó de funcionar. Realmente es maravilloso…esto de la vida y de la muerte. Solo que somos unas máquinas mucho más complicadas.

Claro que lloré. Pero sobre todo, recuerdo ese acostarme a su lado y ella muerta. Me puso a pensar en lo fugaz que es la vida. En que acaba y uno se va, y los demás quedan. Pero uno se va y no vuelve en muchos años más.

¿Cómo es que no nos hablan de la muerte cuando niños? Haría que todos viviéramos más y mejor.

Esa noche, en mi apartamento la sentía y aunque era una tristeza profunda por su partida, se me queda la alumbradora experiencia de encontrarme tan de cerca con la muerte. Nos vimos y estábamos en el mismo cuarto. Me hizo pensar que no es tan horrible como me decían. Que no da tanto miedo. Estuvimos ahí, alado. Sentí mucha paz cuando estaba en esa cama con mi tita.

Claro que se le extraña. Pero su recuerdo esta muy claro en mi memoria. Han pasado seis años y son pocos los días en que no la piense.

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